jueves, 25 de abril de 2013

 Aquí os dejo un artículo de Roberto L.Blanco Valdés dónde nos habla del daño que está haciendo el sistema de Bolonia a nuestra universidades. Muy interesante!

Mi más sentido pésame, estudiantes boloñeses


21 de abril de 2013 05:00

Próximos ya los exámenes finales de nuestras universidades, no me resisto a levantar la voz, como profesor, como padre y como ciudadano, para poner de relieve mi estupefacción creciente, y mi abierta irritación, por un sistema de enseñanza que, mucho más desde la entrada en vigor de las reformas nacidas del infausto Plan Bolonia es, dicho en dos palabras, un verdadero despropósito. O, mejor aún, un conjunto de despropósitos que producen, como efecto final, un sufrimiento injusto, inútil y, por tanto, gratuito a los estudiantes y, pese a ello, un resultado desastroso de sus esfuerzos por enfrentarse a unas carreras que, para decir la verdad, son tan de obstáculos como las que pueden verse en los hipódromos.
Sea, hay estudiantes que se rascan la barriga y no pisan la facultad más que para pasearse por las llamadas ligotecas. Y hay profesores que trabajan lo justo para que no se les abra un expediente. Con unos y con otros, cualquier sistema, aun el diseñado por el pedagogo más comprensivo, bondadoso e inteligente (si es que tal cosa existe sobre la superficie de la Tierra), estaría condenado de antemano. Pero, siendo cierto que hay estudiantes vagos y profesores desidiosos, la pura verdad es que los malos, cuando no malísimos, resultados finales de decenas de miles de alumnos universitarios tienen que ver con un diseño del estudio y de los procedimientos para su calificación que difícilmente podrían ser peores.
Que un estudiante tenga diez, once o doce asignaturas a lo largo de un curso es una auténtica locura. Que la asistencia a las clases de esa legión verdadera de materias le suponga toda la tarde o toda la mañana -cuando no parte de la una y de la otra- es algo tan descabellado que no se le ocurre ni al que asó la manteca. Que los exámenes comiencen prácticamente al día siguiente de terminar las clases (mis alumnos acaban el 13 de mayo y tienen un examen el 14) constituye no solo una crueldad, sino una forma estúpida de provocar justamente lo contrario de lo que debería perseguirse: que los alumnos estudien para aprender y no para aprobar. Que, en fin -aunque la lista de desvaríos podría ser interminable-, los estudiantes hayan de examinarse de todo un cuatrimestre en un período de en torno a tres semanas es la mejor forma de que la universidad se convierta en un inmenso campo de calabazas, que desanima a todo el mundo y deja en ridículo nuestros estudios superiores.
¿Es este un asunto irrelevante? No, me parece fundamental para el bienestar de los estudiantes y sus familias, la reconciliación de los profesores con su trabajo, la imagen social, interna y externa de nuestras universidades y el futuro de un país cuyos desafíos se superarán en no pequeña medida dependiendo de la calidad de su enseñanza primaria, secundaria y superior. Casi nada.







G.P.R

martes, 23 de abril de 2013

FELIZ DÍA DEL LIBRO !

Deten el tiempo,
viaja con la imaginación,
sueña, 
rie, llora, siente y piensa,
aprende cosas nuevas,
explora,
conoce otras culturas y conócete a ti mismo,
sé un héroe o una princesa,
experimenta.

TODO UN MUNDO DE EMOCIONES ! 
FELIZ DÍA DEL LIBRO !


G.P.R

martes, 9 de abril de 2013

Aquí os dejamos un texto de Eduard Punset hablando de la crucial importancia de la música, de su significado, y nos invita a reflexionar sobre qué es realmente importante, de qué nos sirven o no nos sirven ciertas cosas...

Para mí, como violinista estoy de acuerdo con lo que dice Punset, la música es compleja, pero maravillosa, absorbente, vocacional...

Alejandro Molina Higueras


La música sirve para algo y el resto, para casi nada

Autor: Eduard Punset 17 marzo 2013
Es fantástico que la ciencia empiece a estudiar la raigambre social de la música. ¿Hay algo que se pegue más que una buena melodía? Lo único que sabemos a ciencia cierta de ella –y ha estado con nosotros desde los orígenes de las primeras tribus humanas– es su universalidad. Parisienses y cameruneses, mayores de edad y niños, todos parecen emocionarse con tonos y tiempos parecidos. No me digan que no resulta increíble que unos y otros coincidan en hurgar en cierta armonía, en un acorde, fruto de darle a una octava, mientras interpretan como discordia, o en todo caso como una señal de tristeza, una melodía demasiado lenta.
Lo único que conocemos de la música es su universalidad… y que se trata de un evento social. Yo no conozco nada que pueda mantener unido a un colectivo durante tanto tiempo; tal vez la religión o el credo político. Ahora bien, lo curioso es que tanto la religión como la política van a menos, mientras las melodías van a más.
Justamente, quizá sea esta falta de utilidad concreta de la música lo que la hace tan querida por todo el mundo. El lenguaje parecería seguirla en cantidad de devotos, aunque por razones muy distintas: todas las personas se precian de poder hablar y transmitir un pensamiento a los demás. A los neurólogos del futuro les corresponde detectar si la diferencia entre el lenguaje musical y el hablado es tan grande como parece: el primero no parece transmitir gran cosa, mientras que el segundo tiene utilidades: entenderse, concentrarse y encaminarse a la consecución de un objetivo determinado.
¿Pero y si las diferencias no fueran tan nítidas? En los laboratorios se está demostrando con simios y humanos que los recuerdos son mucho más frágiles de lo que se pensaba; la gente tiende a tergiversarlos con una facilidad extrema y a decir ‘Diego’ donde dijo ‘digo’. Además, resulta que los procesos cognitivos del cerebro son tan complicados que ahora sabemos a ciencia cierta que el inconsciente decide por nosotros unas milésimas de segundo antes de que nosotros resolvamos, de forma consciente, comer o no hacerlo, ir a la derecha o a la izquierda, olvidar una idea o recordarla.
Dublin Philharmonic Orchestra
Orquesta Filarmónica de Dublín (imagen: “Wikipedia”).
¿Y si resultara que la música hubiera precedido al lenguaje, pero que este último hubiera conservado la herencia genética de la primera? Y que ni una ni otro sirven para gran cosa. Desde luego, cada vez está más claro que más y más gente se arrima a la música, mientras que aumenta continuamente el número de los que desconfían del lenguaje. Yo siempre digo que un idioma no sirve para entenderse –eso hay que dejárselo al cuerpo y al movimiento–, sino para engañarnos unos a otros; para hacer creer a los demás lo que queremos que crean.
Algún científico por ahí en el mundo me intentaba convencer de que, al contrario de lo que decía el filósofo griego Platón, el pensamiento no era lo más importante, sino el movimiento. Que el cuerpo había conseguido tales argucias y adelantos que el lenguaje o el pensamiento solo se necesitaban para poder acompasarlos, para instrumentarlos. ¿Se han parado a pensar mis lectores en lo inverosímil que resulta –por favor, que me corrijan los matemáticos– la teoría del equilibrio de los animales bípedos, como nosotros? Ni Dios sabe todavía qué es lo que nos permite andar con solo dos piernas sin perder el equilibrio, teniendo que sortear –como nos toca hacer– tantos vericuetos y curvas enrevesadas.
Ya no digamos lo que hacen algunos músicos con el juego mágico de sus dedos interpretando al piano una de las piezas de Mozart. ¿Se han fijado en cómo mueven de memoria sus dedos sin que les tiemble el pulso y respetando siempre la melodía que nos embelesa? A lo mejor lo único que importa es, justamente, lo que nos embelesa: sentir que formamos parte de la manada, empatizar con los demás. A lo mejor la música sirve para algo y el resto, para casi nada.

Demasiado deporte virtual

España figura también entre los países que menos tiempo dedica la educación física dentro del horario lectivo

 9 ABR 2013 - 00:01 CET

Muchos niños siguen corriendo y saltando cuando vuelven del colegio, pero ya no en las plazas o en los parques, sino en las pantallas del ordenador o de la videoconsola. Eso quiere decir que corren, saltan, caen y se estresan, pero solo mentalmente. Su cuerpo apenas se mueve, pero siguen comiendo igual o más de lo que necesitarían si realmente estuvieran saltando y corriendo durante horas. Lo que no se gasta a través del ejercicio, se acumula en forma de grasa. La combinación de sedentarismo y exceso de calorías está llevando a España a escalar puestos en uno de los peores indicadores de salud, el de obesidad infantil. En esta lista, España ya está situada en cabeza, junto a Malta y Grecia. En poco tiempo la tasa de sobrepeso y obesidad infantil ha escalado hasta un 26,5%, un cambio por el que la sociedad pagará un alto precio, en términos de enfermedad y muerte prematura, cuando esos niños ahora con sobrepeso se conviertan en adultos obesos.
Cuesta esfuerzo moverse y para poder hacerlo se requieren determinadas condiciones físicas y culturales que no están al alcance de todos. Lamentablemente, el único ejercicio regular que hace un tercio de los niños y la mitad de los adolescentes españoles es el que está pautado en la clase de educación física. Pero España figura también entre los países que menos tiempo dedica a esta actividad dentro del horario lectivo. Los expertos en salud pública y educación reivindican un mayor espacio para esta materia, por su repercusión sobre la salud y también por los valores que lleva implícitos: esfuerzo, cooperación, capacidad de superación.
La asignatura de educación física no solo ha de garantizar un mínimo de ejercicio físico, sino que debe proporcionar los hábitos y conocimientos necesarios para que este sea saludable. Se trata de lograr el clásico equilibrio de un cuerpo sano en una mente sana, aunque el significado de ambos términos puede ser hoy objeto de discusión. En cualquier caso, también la promoción del deporte debe buscar un equilibrio, pues tan insano puede ser el sedentarismo como la práctica compulsiva del ejercicio físico.